La abstención silenciosa
Comenzaré en esta ocasión haciéndole una confesión a la multitud de personas que a diario visitan este blog: en las elecciones del pasado 27 de mayo, no voté. No voté, y eso que, en un principio, me había tocado estar en una mesa electoral. Aquello, de haberse producido finalmente, quizás le habría concedido a la providencia la oportunidad de ponerme en la tesitura de tener que plantearme si, estando en una mesa electoral, no sería moralmente reprobable el no hacer uso de mi derecho al voto. Sin embargo, cosas de esta España nuestra, la citación para acudir a la mesa provenía de un municipio en el que no estoy empadronado (ni censado) desde el año 2002. La verdad es que no me desempadroné, pero estando en la era de la tecnología a uno se le ocurre que debería bastar con empadronarse en un nuevo sitio y utilizar ese justificante del padrón para renovarse el DNI, como para que sean suficientes los elementos coincidentes que permitan que automáticamente acabes desempadronado. Evidentemente no es así,. Porque, recordémoslo por si a alguien se le ha olvidado, esto es España, y aquí todo puede pasar. Puede incluso darse la circunstancia de que te citen en un sitio para ser vocal de una mesa electoral, y que en otro te manden una cartita diciéndote en qué mesa del colegio que tienes a 300 metros de tu casa puedes votar. Como es lógico, desestimé ambas invitaciones, y por un lado escribí una carta alegando que llevaba cinco años empadronado en un sitio diferente del primero, y por el otro me quedé en casa viendo la fórmula uno, ocurrencia carente de originalidad a tenor de que a todos los catalanes se les ocurrió lo mismo.Sea como fuere, lo realmente importante es que no voté. No voté, y eso, a ojos de muchos, supone un insulto a la democracia, máxime cuando me enorgullezco de ello. Porque aunque Franco se mantuvo en el poder 39 años, aquí todo el mundo «luchó mucho para que en este país tengamos democracia». Aunque en realidad, aquí el que más hizo por la democracia española fue el propio Franco, que acabó muriéndose.
En el fondo, no obstante, tampoco puedo culpar a mis mayores por criticar mi negativa actitud ante el ejercicio del voto. Es verdad que es un derecho del que ellos estuvieron privados durante largo tiempo, y al que yo, y muchos de los jóvenes de mi generación no le damos el valor que en justicia se merece. Pero el argumento del «hazlo porque yo no pude hacerlo» no termina de convencerme. No me convence, como no me convence el famoso «luego no te quejes», tan injusto como fariseo, porque se limita a analizar la abstención como un acto de pasotismo, y no como una opción más del ejercicio político.
Efectivamente, uno puede abstenerse en unas elecciones porque sencillamente no le interesa lo que pueda acontecer. Pero también puede abstenerse porque decide, en su forma de acción, que rechaza las opciones que se presentan. Y he aquí que el voto en blanco no sirve, pues en el fondo no hace más que unirse con el de la mayoría para convertirse en una especie de «me mola tanto la democracia que acepto lo que decidáis la mitad más uno». Para eso, la verdad, yo prefiero quedarme en casa.
No salí ni a pasear, ni a que me diera el aire de un primaveral domingo de mayo, ni a comprar el Marca, ni a tomarme unas cañas... Pasé un tranquilo día metidito en casa y esperando, como es lógico, que a las ocho en punto nos dieran los primeros resultados electorales, porque insisto, la abstención es en muchos casos una forma de acción, y no un simple acto de omisión. Y fue entonces, cuando las cadenas televisivas informaron de los primeros sondeos realizados a pie de urna, cuando mayor se hizo mi convencimiento, y más se acrecentó mi aura abstencionista. Fue entonces cuando pensé «de la que me he librao», al ver a esos periodistas salidos de la más inmunda cutrez analizar los hechos como si de un partido de fútbol se hubiera tratado: «sí bueno, el partido tal ha merecido ganar, ¿no?, pero es que los rivales han endurecido el juego y eso ha hecho imposible el camino hacia la victoria». Si la oligofrenia fuese delito, a los jueces les bastaría con pasearse por las televisiones para ponerse las botas.
A estas alturas de la película, a más de uno se le habrá ocurrido ya como urgente medida salvadora de la democracia el prohibir las carreras de fórmula uno en domingo. Si las pusieran un lunes por la mañana, pensarán, la gente acudiría en masa a votar. Eso sí, no iría a currar ni el Tato, pero de eso que se preocupen los empresarios.
Si a los políticos les importa poco o nada el promover el voto, difícilmente se le puede exigir responsabilidad al ciudadano. De hecho, por acción o por omisión, un alto porcentaje de españoles decidieron, al igual que yo, no acudir a su cita con las urnas. Y, por tanto, e independientemente de las motivaciones de cada cual, decidieron darle su voto a la abstención.
Los abstencionistas, con todo, y pese a ejercer nuestro legítimo derecho a no votar, somos sistemáticamente ninguneados, vilipendiados y vapuleados, para mayor escarnio de una democracia, la española, conformista y acomodada como pocas. Cada vez menos, es verdad, y cada vez más la prensa entra a analizar los altos índices de abstención que se vienen registrando en las últimas elecciones, pero aún así se mantiene el falso mito del abstencionista como parásito social incapaz de comprometerse con el sistema democrático. Falso y peligroso, pues es el paso previo para que la democracia termine adormecida al no canalizar la crítica en pos de un amejoramiento del sistema.










